domingo, 26 de noviembre de 2017

No dejes que te impidan galopar

Portada del nuevo poemario de Samuel Zamorano Cauto.

«Voy a escribir que ya lo perdí todo, y voy a escribir también que tengo todo lo que más amo. Que alguna vez tuvo mi vida esperanzas de nada, y que hoy va en mi vagar lo mejor de mi vida». Sirvan estos versos de Sólo si la vida es salvaje para fijar las coordenadas emocionales de quien lo firma, que se debate insistentemente entre la fiebre de ese ayer que proscribía la dicha y el luminoso calor presente. Lo que queda entre medias no se sabe muy bien si es melancolía en sangre viva o el loco deseo de seguir siendo este sin dejar de vivir en aquel. Se recordaba Cernuda a sí mismo: «…Aquel fui, aquel fui, aquel he sido». Recojo ese verso imperecedero para entregárselo a Samuel Zamorano Cauto, no sin antes añadirle otro de cosecha propia: «Aquel soy, aquel sigo siendo».

Samuel, en estas páginas, se confiesa feliz, toda una temeridad, aunque no puede evitar deslizar que esa condición es el mayor mal que puede llegar a padecer un poeta. Es decir, que, de algún modo, se lamenta de que el sol se obstine en alumbrar su camino y extraña las tormentas o los incendios que lo escoltaban cuando aún no era un orgulloso padre y un amante esposo. Conviene precisar aquí que si la felicidad, cuando se experimenta, no es algo relativo ni sujeto a interpretaciones, es inequívoca, lo mismo sucede con el dolor, que es tan real e inapelable como un revólver o una daga y, al igual que a estos, no se le puede dar la espalda.

En este poemario el dolor, que es una galaxia que acecha a la vuelta de la esquina, nos es servido como las ráfagas letales de una ametralladora, y tan sólo el anhelo de vida de su autor, su juventud desmesurada después de la juventud y su lealtad épica, logran equilibrar lo que de otra forma habría sido un empacho de vértigo y acedía.   

Quien sufrió de veras por las inclemencias del corazón y se jactó de aquellos tatuajes, conservará esa vívida sensación para siempre. Al igual que un olor de la infancia: jamás se olvida. Aquel temblor sólo puede descifrarse en el momento exacto en que acontece o bien a través del ejercicio mortificante de transitar la desdicha sucedida, que no es otra cosa que la complacencia en la contemplación de las propias heridas. Eso significa que por más que Samuel pretenda que la desolación de muchos de los versos que conforman Sólo si la vida es salvaje no es literal, sino una suerte de tristeza venidera (o dicho en palabras de Ángel Antonio Herrera: «Samuel se inventa los sustos»), el lector atento esbozará una media sonrisa de discrepancia y recelo. Porque la «poesía ciencia ficción», por llamarla de algún modo, es, por fuerza, una estratagema, un mero ardid, por no decir un imposible. Ya que sólo desde la experiencia el poeta puede llegar a ser. Sólo desde la experiencia el poeta existe.

Samuel lo sabe, en su doliente interior lo sabe, y por eso sentencia: «De los senderos soy», pues ¿acaso necesita caminar quien coronó la dicha? Pero, ¿dónde está el problema? Todo hombre, aun aquel que se presume satisfecho, que ejerce de optimista incluso en los días peores, alberga habitaciones en las que siempre es enero, o en las que nunca deja de llover, y no por eso debe pedir perdón por la tristeza, de ninguna manera. Así lo entiendo yo y así lo entiende también Samuel cuando escribe: «No encuentro dónde quedarme, nunca sé dónde está mi sitio». E insiste: «Soy de todo rincón, de cualquier mapa. / Nací de ningún lugar. Siempre seré de cada puerto». En esos momentos es muy fácil imaginar su congoja y desaliento, su desarraigo, su desvarío.

Culminar un buen poema es, o debería ser, atrapar la vida al vuelo, como si se tratara de un pájaro, y retenerla unos instantes para después verla marchar igual que se contemplan las olas, entre la fascinación y la nostalgia. Samuel, que cultiva una poesía crepitante de imágenes que tiene en la liturgia del lenguaje su mayor sustento, o el único, y que les imprime a sus versos un ritmo demasiado cercano muchas veces al cantable, confiesa querer «siempre ir desvelado al encuentro del poema» y «convalecer, con el corazón en llamas, y escribir abandonado a mi suerte, herido para siempre de belleza». Es por ello que de ondear alguna bandera, esta podría llevar por lema aquel disparo fatídico de José Ángel Valente: «El corazón desciende / infinitos peldaños, / enormes galerías, / hasta encontrar la pena».

Cuando Samuel escribe «sentados en bancos míticos, por cinematográficos puentes, miramos de frente al Sena y comprendimos entonces que su belleza y nuestro amor era para siempre», nos es revelada aquella máxima de Horacio que sostiene que basta con cambiar el nombre para que la historia hable de ti. Puesto que todos hemos ocupado esos bancos, u otros, y hemos observado ese río, u otros. Eso nos lleva a la desilusionadora asunción de que nuestras vivencias no son tan originales ni extraordinarias como pensábamos, aun siendo únicas, sino una gota más entre el océano de gotas que ha sido, es y será siempre la humanidad, esa muchedumbre de solitarios que no saben que lo son.


Un momento de la presentación del libro de poemas Sólo si la vida es salvaje en Matadero Madrid. De izqda. a dcha.: Ángel Antonio Herrera, autor del prólogo, Samuel Zamorano Cauto y un servidor. (Foto: Susana Carro López.)


En este libro de poemas, en fin, su autor se propone recordarnos, casi en cada página, que su nombre rima con hiel, si bien abundan igualmente pasajes en los que advertimos que lo hace también con miel. Este, sin ir más lejos: «Dedico estos versos a la mujer que amo. / […] Puerto principal de mi crucero, isla al fin de tanto naufragio, dame tu beso más dulce y enrédame para siempre en el más tierno de tus abrazos». O este: «Vengo a escribir la belleza de la vida a tu lado, a decirle al mundo que te quiero. A cifrarlo en toda prosa. A contarlo en cada verso. / […] He venido a decirte que te amo». Y, por encima de ningún otro, este: «A tu lado vivo mis mejores años. Tú me has regalado los momentos más bonitos. / Permíteme que te pague yo con este poemario». Pero ¿acaso puede afeársele semejante derroche de impudicia y explicitud? En absoluto. Pues aunque esos versos tienen mucho de él, todo, contienen a su vez unas gotas, puede que demasiadas, de todos nosotros. Es decir, de aquellos que fuimos ―trayendo de nuevo a Cernuda a esta orilla― y quizá aún seamos.

No puedo dejar de señalar que se atisban en Samuel ecos y más que eso de algunos poetas vivos, y sospecho que es algo que le inquieta. Que no lo haga: para alcanzar una cima hay primero que poner la vista en ella, y la historia de la literatura no habría llegado hasta hoy si los sentimientos y los modos de plasmarlos no viajaran de generación en generación como los testigos en una carrera de relevos. Lo importante es que el escritor, ya sea ensayista, narrador o poeta, y sobre todo los dos últimos, acuñe una voz propia y que su aliento poético consiga imponerse a las voces incorporadas inconscientemente o acaso hurtadas a conciencia. Y Samuel, pese a que aún debe sacudirse de encima la pesada manaza de algunos ídolos, hace ya tiempo que cruzó ese umbral.

Con su estampa rocosa, entre el boxeador de Detroit y el mecánico de avionetas de Ohio, Samuel es un hombre de gustos sumamente sencillos: le gusta delinear versos como espadas que se quieren labios y caminar campo a través con un halcón adornando su mano, que era como en Lady Halcón Rutger Hauer llevaba consigo a su amada, una Michelle Pfeiffer que ya quisiera siempre en el espejo la propia Michelle Pfeiffer. Y si eso no es vida, joder, que venga el agorero diablo y lo desmienta.

Por eso, Samuel, hasta que advenga el siguiente racimo de versos sigue contando junto a Susana las estrellas que caben en una copa de vino. Observa, con un repunte de orgullo y tristeza futura, la sorpresa nítida en los rostros de Paula y María cuando el halcón aterriza en tu mano imperativa, o cuando los Reyes Magos les soplan un beso desde su mágica carroza. Sigue pagando facturas y nadando entre sistemas operativos, megabytes y memorias RAM. Y para seguir sobreviviendo cumple si hace falta incluso con quienes incumplen, que son casi todos. Sécate el sudor de la frente con el dorso de la mano, mira un segundo al horizonte y vuelve a alzar la pala.

Pero cuando abandones la ofi o las niñas duerman nunca embrides tu corazón de cometa. Una vez que hayas estacionado el deber y la responsabilidad y lances a tus halcones hacia la presa como quien arroja un puñado de confeti, no dejes de contemplar con ellos, desde el alto mar del cielo, esta vida lacerante pero insustituible. Este carnaval de tristes que se empeñan en reír por no claudicar.

No, Samuel. No consientas que te despojen del chico de la peli que todos llevamos dentro y jamás, bajo ningún concepto, permitas que te impidan galopar.



1 comentario:

  1. El texto es impresionante, Javier.
    Muchas gracias por escribirlo y colgarlo en tu blog.
    Y muchas gracias también por presentarme el poemario el otro día.
    Pero sobre todo gracias por ser mi amigo.
    Un abrazo largo. Y sincero.

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