martes, 14 de noviembre de 2017

La belleza (emocionante) del trueno

Robe, en un momento de su actuación en Madrid. (Fotografía: Óscar Lafox/WiZink Center.)


El antepenúltimo concierto de la gira ‘Bienvenidos al temporal’ inunda de felicidad y magia el WiZink Center

No hay épica sin lucha, sin tragedia, sin dolor. Y no hay arte de veras sin riesgo. Roberto Iniesta, Robe (Plasencia, 1962), no solo lo sabe, sino que lo practica con un afán impropio de quien ya lo ha logrado todo en una profesión que es también un modo de estar en el mundo. De hecho, a la lucha en el arte y al arte como laboratorio y sala de pruebas ha consagrado la mayor parte de su existencia. Ya sea al frente de Extremoduro, el grupo de rock que revitalizó ese género en España y lo llevó a cotas hasta entonces insospechadas, o en su faceta en solitario. Esta se traduce en dos discos tan intensos como exquisitos y en una gira, Bienvenidos al temporal, que arrancó el pasado mayo y que, tras su paso anoche por el antiguo Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid (la segunda parada en la capital tras la del Teatro Circo Price en junio), ya posee el color anaranjado del crepúsculo.

En la tercera parte de esta tournée, titulada con un filosófico Nadie se baña dos veces en el mismo río (Heráclito), y que se caracteriza por un mayor ímpetu o brío en la ejecución de los temas, los elementos que sustentan la filosofía robeana, esto es, el anhelo de inspiración y de amor y el hondo dolor que su ausencia provoca, parecen superlativizarse.

Los dos discos citados, Lo que aletea en nuestras cabezas (2015) y Destrozares. Canciones para el final de los tiempos (2016), desconcertaron a muchos seguidores de Extremoduro porque del legado de esa banda solo conservaban la letra y esa propensión de Robe a la grandilocuencia. Sin embargo, del distintivo sonoro de Extremo, ese aguijonazo eléctrico, no había el menor rastro. A cambio, lo que esas canciones ofrecían y ofrecen es intensidad, dramatismo y emoción, una tríada que actúa como la más potente de las drogas.

De la fuerza orquestal tienen la culpa los músicos elegidos por Robe, inmensos todos ellos y merecedores de una crónica aparte, puesto que evidencian que, lejos de ser simples subalternos, peones al servicio de su majestad, ostentan un papel crucial. Ahí están el llanto inconsolable o el impulso aguerrido del violín de Carlitos Pérez, pura finezza; la vigorosa y ubicua batería de Alber Fuentes; el bajo virtuosísimo de David Lerman, quien se ocupa a su vez del saxo y el clarinete; el piano y el acordeón de Álvaro Rodríguez Barroso, empeñados en pellizcar el corazón, y la voz/misil de Lorenzo González, que nada tiene que envidiarle a la de Ian Gillan cuando era Ian Gillan (qué agudos, señoras y señores). Y todo ello en su justo lugar, en el momento exactísimo, sin error alguno. Metrónomos en las yemas de los dedos, en la garganta, en el cerebro. Ya que si bien es Robe el fiero frontispicio, el salvaje que aúlla y se desangra, la procela, esos cinco científicos son quienes hacen posible que el arte tan visceral del extremeño brille como el haz de luz de un faro en mitad de la borrasca.

El telón se levantó con «El cielo cambió de forma» y el cierre lo puso «Un suspiro acompasado», tras una veintena de piezas (los dos discos íntegros más «Si te vas» de Extremoduro) que rivalizaron entre sí por ver cuál despertaba un mayor grado de emoción y de dicha entre los asistentes. Estos tuvieron la fortuna de presenciar uno de los conciertos más mágicos que se hayan podido ver en Madrid en lo que va de año. Y es que el repertorio es tan brutal que, dejando a un lado el momento «visite nuestro bar», hacia el ecuador de la actuación, carece por completo de anticlímax. Son canciones, todas ellas, de una belleza desarmante, gracias a unas melodías inmediatas aunque llenas de matices y a esa poesía sin concesiones a la paja y que insiste siempre en transitar lo sublime.

En cuanto poeta/músico, Robe es un fino creador de tempestades. Un maestro en el empleo del fuego en el lenguaje («He dejado de creer / en la puta humanidad. / Creo que lo mejor será / una guerra nuclear») y de la inteligencia en la música, pues sabe como nadie cuándo hay que recurrir a la seda y cuándo echar mano del bardeo.

Robe aprovechó la introducción de «Por ser un pervertido» para hacerle un homenaje al recién fallecido Chiquito de la Calzada («Esta canción no va de fistros pecadores ni de pecadoras, sino de guarrerida sexual»), el cual recibió una estruendosa ovación, y su «Nana cruel» se convirtió en un hondo lamento por todos esos niños apátridas que se ahogan a diario en el Mediterráneo sin que las autoridades del primer mundo sean capaces de hacer nada para remediarlo. De ahí que en la íntima noche cobraran todo el sentido esos versos como estacas: «Ahí afuera / solo hay monstruos, solo hay gente / que te compra y que te vende, / que te odia, que te miente, / que te roba, que te mata, / que te viola y que no siente nada».

En la era de la tecnología como religión, en la que el hombre es un mero sujeto pasivo a merced de la dictadura digital, un apache armado de una guitarra, una tonelada de poesía de la desolación y el deseo y un montón de preguntas (y alguna que otra respuesta), sigue siendo poderoso. ¿Y peligroso? Bueno, todo aquel que logra agitar las conciencias es un peligro potencial, y Robe lo consigue sin ningún tipo de duda.

La idea que Robe tiene de lo que es la patria ya quedó inmortalizada en La ley innata («Sin patria ni banderas, / ahora vivo a mi manera; / y es que me siento extranjero / fuera de tus agujeros. / Miente el carné de identidad: / tu culo es mi localidad»). Pero, por si no quedó lo suficientemente claro, en estos tiempos de exaltación de identidades sus canciones nos muestran que no reconoce otra madre patria que el amor («Mi única bandera / son sus bragas negras»), el talento («… que yo soy un poeta / y mi vida una letra / que escribo en hojas en blanco») y la belleza («… frente al espejo ella se prueba un pantalón, / y lo demás queda tan lejos…»). Y en cuanto a sus sueños, se conforma con un planeta en el que haya más aire puro, más animales y menos bestias. Y, por supuesto, en el que nunca falte Ella.

Mientras las calles de Madrid eran un incendio de coches a la conquista de los casi siempre decepcionantes tesoros que ofrece la noche del sábado, en el WiZink Center un indio y su escueta pero poderosísima tribu provocaron una tormenta de emoción, un auténtico terremoto de música, y dejaron heridas de belleza y eternidad a miles de personas.

Joder, Robe, tío, qué felicidad.


Robe, acompañado de los músicos con los que ha grabado sus dos discos en solitario y con los que lleva a cabo la gira Bienvenidos al temporal. De izqda. a dcha.: David Lerman, Carlitos Pérez, Alber Fuentes, Robe, Álvaro Rodríguez Barroso y Lorenzo González. (Fotografía: Eduardo Navarro.)









  

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