miércoles, 11 de mayo de 2016

Qué Tena más grande (‘in memoriam’)

Manolo Tena y el arriba firmante, en tiempos remotos, cara a cara.

Cuando lo conocí, a mediados de los noventa, Manolo Tena ya había superado la resaca de gloria y posterior desubicación que le proporcionó Sangre española, el disco de mayor éxito de su carrera. Un disco tocado por los dioses, ya que prácticamente todos los temas que lo integran son singles. Atrás, muy atrás, quedaba su bautismo de fuego con Cucharada, formación con alma punki y carcasa cabaretera que ya sólo por su actitud disidente y su osadía merece un respeto retrospectivo. También su doctorado musical al frente de Alarma!!!, trío cuyo catecismo lo presidían César Vallejo y The Police ―una mezcla demasiado exótica y exquisita para los rudos paladares del momento, ávidos de amores a primera vista y poco dados a las sutilezas― y que sonaba como ninguna otra banda española de entonces: duro pero elegante, moderno pero barriobajero, directo y lírico a un tiempo.
                                                     
A base de entrevistarle muchas veces, no menos de una decena ―entrevistas largas y nada complacientes que pretendían llegar al fondo de las cosas―, acabamos manteniendo una relación de cierta complicidad que se vio reforzada por una novia que se echó, fotógrafa de profesión, y que dio la casualidad de que era íntima amiga mía, y por la mutua devoción por la literatura: coincidimos en presentaciones de libros de amigos comunes y en lecturas de poemas ―yo mismo lo embarqué en alguna―, y recuerdo no pocas conversaciones nocturnas sobre la creación literaria que nunca llegaban a ningún sitio. ¿O sí?

Manolo me resultaba tan admirable como irritante: no entendía cómo alguien con su arsenal lírico y su personalidad artística ―esa voz y esa verticalidad escénica, únicas― seguía tropezando con la piedra de siempre. Con los años, él le puso nombre a esa patología: era un adicto. A secas. Y esa adicción, tardíamente diagnosticada como tal aunque patente en su accidentada carrera, hizo que, pese a ser el más dotado de su generación, para coronar la cima necesitara del triple de tiempo que otros muchos que no le llegaban al tobillo.

Me lo encontré las pasadas navidades en una cafetería cercana al Museo del Prado, tras más de tres años sin vernos. Me contó que andaba en mil cosas y, aunque no detecté ilusión alguna en sus palabras, pues no era de ese tipo de personas que exteriorizan sus emociones ―ese quietismo suyo, herencia de los tiempos oscuros―, sí tuve la impresión de que estaba con las pilas puestas y con ganas de volver a la primera división de la que alguien de su talento jamás debió apearse.

Lo siguiente que supe de él, cuatro meses después, me lo arrojó a la cara un diario digital: «Manolo Tena ha muerto». Pese a su brevedad, la frase lo contenía todo. Nada más leerla me sobrevino una tristeza inequívoca. Aquella que te invade cuando experimentas lástima sincera por alguien, por su mala fortuna. Me acordé de los planes que me relató, y que ya jamás se cumplirían (por lo que he sabido más tarde, el día en que nos vimos aún ignoraba lo que llevaba dentro), y maldije esa vida suya con tan poca primavera y tantísimo invierno. Él, que había sabido zafarse de las garras de la parca como nadie y logró sobrevivir a otros dotadísimos colegas que transitaban la misma cuerda floja ―Antonio Flores, Enrique Urquijo, Antonio Vega―, cayó cuando nadie lo esperaba. Como en él era habitual, a destiempo. 


Manolo Tena en una imagen promocional.

Y los recuerdos se sucedieron en tropel. Recordé cuando le encargué un texto para incluirlo en la biografía que le hice a Sabina hace ya más de tres lustros, Perdonen la tristeza, y me envió unos folios con muchísima sustancia, ricos en anécdotas y vivencias compartidas con Joaquín, pero formalmente irreproducibles: abundaban los signos de admiración multiplicados (!!!!!!), carecían de comas y puntos, no tenían una sola mayúscula y sí profusión de espantosas negritas. Le dije que era muy bueno (lo pensaba y lo sigo pensando, quizá el mejor de todos los que recogía el libro, y eso que había firmas importantes), pero que necesitaba editarlo para que el mensaje no se perdiera entre semejante maraña experimental. Nos enzarzamos entonces en un bizantino debate sobre la escritura automática y otros desórdenes de la prosa y, al fin, me dijo que de acuerdo, que hiciera lo que me saliera de los huevos. Y eso fue lo que hice. Por el bien del libro y también, creo, por el suyo. Nunca volvimos a hablar del tema, aunque siempre sospeché que no le sentó nada bien.

A pesar de ello, seguimos manteniendo una buena relación y seguí entrevistándole. Y cuando se unió al guitarrista Javier Vargas y al vocalista cubano David Montes con el propósito de realizar una marciana gira, Sangre española 2002, que se quedó en un mero proyecto (ni siquiera sé si llegó a celebrarse un solo concierto), les hice, a petición de su efímero mánager, Paco Lucena, el representante de Sabina durante la mayor parte de su carrera, una extensa entrevista con fines promocionales para la televisión y otra que se publicó en el semanario Interviú.   

Mi memoria, ya un pájaro imparable, viajó aún más atrás, a los días en los que sólo era un espectador más de su obra. A aquel concierto que ofreció para botar Sangre española en la desaparecida sala Revólver, en el madrileño barrio de Argüelles, en 1992, y el cual permanece en mi recuerdo como extraño y emocionante. Extraño porque, aunque el sitio estaba lleno hasta el límite, el aforo era reducido y aquello parecía la fiesta de una familia muy numerosa que celebraba, feliz y alborotada, la triunfal vuelta al hogar de uno de sus miembros más destacados.

Me vino a la cabeza también el concierto de Las Ventas, su única vez allí y la constatación de lo alto que aquel trabajo lo había llevado. Presa de los nervios y de la fuerte impresión, nunca antes vivida, en distintos momentos tuvo que dejar de cantar: los accesos de llanto actuaban en él como ingobernables descargas eléctricas que le imposibilitaban representar el papel de artista súper seguro de sí. Un periodista ―ya fallecido― de un prestigioso diario escribió que «en su intento de acercarse se alejó, porque perdió emoción cuando es un cantante emocionado», dando a entender que un profesional sólo puede llorar para adentro. Una aseveración que me pareció y me sigue pareciendo más que discutible. Sólo sé que aquella noche disfruté intensamente con el entrante, unos vigorosos Los Rodríguez capitaneados por Calamaro, pero por encima de todo con MT, creador de un rock contagioso y muy escrito, atípico, propio del poeta que siempre fue. Y cuando sufrió esas cogidas por parte de su desbocado/desbordado corazón me conmoví con él y creí ver en aquello un gesto de grandeza, de pura espontaneidad. Un rasgo inencontrable entre los músicos consagrados, cuyos pasos suelen estar guiados por la impostura. 


Entrada del único concierto de Manolo Tena en Las Ventas, en 1993, con Los Rodríguez de Calamaro y Ariel Rot como teloneros.

A los pocos días de su muerte visité, acuciado por la curiosidad, varias tiendas de discos y grandes almacenes por ver si tenían su último trabajo, Casualidades. En todas partes estaba agotado, lo que confirma que no hay como dejar de respirar para convertirte en objeto de deseo. Qué lástima.

Desde que ese disco salió lo he estado escuchando con interés y deleite. Sin riesgo a equivocarme, sostengo que es, junto con Sangre española, el mejor de los por él paridos en solitario. El más coherente. El más poético. El más sabio. El de mayor pegada. Un formidable testamento artístico de alguien que supo desde muy temprano que el hombre no es más que un soldado a merced de los elementos. Un ser siempre a solas consigo mismo y en constante búsqueda del amor y la felicidad, metas que, por lo general, sólo encuentra en pequeñas dosis, mientras se topa con demasiada insistencia con el dolor y la frustración.

De los trece temas que lo integran, al menos la mitad ―«Cuando llegue septiembre», «Opiniones de un payaso», «Princesa azul», «La verdad», «Pecado mortal», «Es mágico» (compuesto con su hermano Rafa, productor del disco y albacea de su legado) y «Alicia»― son estupendos. Pero es la clarividencia que empapa el conjunto lo que más llama la atención. Algo que atestiguan estos versos de «Cuando llegue septiembre», análisis tan demoledor como certero sobre los años de la abundancia de la industria musical (de aquellos polvos vienen estos lodos): «En la primavera / de la fiebre del oro, / músicos y ladrones / se subieron a bordo / y pintaron de azul / todos los unicornios, / jugando los juegos / que juega el demonio, / quemando el amanecer. / Todo pasó / poco a poco, / paso a paso, / del invierno al verano».

Manolo Tena jugó sus cartas arriesgando siempre a doble o nada y vivió, en definitiva, como quiso. Fue la gran víctima de sí mismo; de su impericia para embridar su propensión a los abismos. Alguien incapaz de ignorar la llamada de las sirenas mientras navegaba en busca de su particular El Dorado. Pero también fue víctima, y hay que decirlo bien alto, de quienes se aprovecharon de esas debilidades para lucrarse y de quienes se negaron a concederle nuevas oportunidades por considerarle un caso perdido. De todos aquellos que abandonaron la fe en su resurgir, en un potencial siempre lastrado por sus constantes recaídas. Él mismo le dejó escrito, con su ironía característica, en su último trabajo: «Ahora nadie me hace caso / esto son sólo opiniones de un payaso».

Qué grande era Manolo. Casi tanto como la pena y la rabia que su inesperada marcha dejan. Justo cuando parecía, perra vida esta, que el trece era, al fin, el siete.

6 comentarios:

  1. Si era tan grande como dices ahora, es una pena que no lo publicaras cuando estaba vivo.
    Dejar ya de escribir y elogiar a los muertos y que descansen en paz.

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    1. En vida de Manolo Tena publiqué muchísimas líneas sobre él y siempre dejé constancia de mi gran admiración por su obra. Ahí están mis libros ‘Miénteme mientras me besas. Encuentro con la música’, ‘Perdonen la tristeza’ y ‘Sabina en carne viva’ para corroborarlo. Incluso en mi último libro publicado hasta la fecha, la biografía de Extremoduro ‘De profundis’, lo citaba como una de las influencias, al frente de Cucharada y de Alarma!!!, tanto de Roberto Iniesta como de Iñaki ‘Uoho’ Antón. Recordar algunas de las experiencias que viví con él y declarar por enésima vez lo mucho que he disfrutado y sigo disfrutando con sus canciones no es en modo alguno perturbar el sueño de los muertos. Por cierto, todo cuanto escribo lo firmo siempre con mi nombre y apellidos. Nunca me he servido del parapeto del anonimato para expresar mis opiniones. Jamás.

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    2. Mándame si quieres un contacto para que pueda contestar a tu última comunicación. Muchas gracias.

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  2. Me gusta mucho tu forma de comunicar, Javier. Disfruto casi tanto leyendo tus entradas como con tus libros; 'De profundis' me pareció una maravilla. Ya echaba de menos entradas nuevas por aquí. Sigue así.

    Un saludo.

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  3. Emocionante y, ademas, ilustrativo.
    Conocí, sufrí y sobre todo disfruté a Manolo.
    Le echo mucho de menos. No volverá a llamarme para pedirme " nosequetextodenosequien" con urgencia.
    Ocupó un espacio qde mi psique que no sabía que existía.
    Y a ti, mil gracias por traermelo, Javi.

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