lunes, 2 de febrero de 2015

El talento rara vez se equivoca


«La izquierda es la que hace música, es creativa. La izquierda es inteligente. Luego, la derecha es la que ejecuta». Esta declaración de Paco de Lucía en respuesta a la nada inocente pregunta del periodista Jesús Quintero de qué es más importante a la hora de tocar la guitarra, la derecha o la izquierda, y que le valió una tremenda paliza por un grupo de ultraderechistas en plena Gran Vía madrileña ―corría el año 1976―, es uno de los impagables momentos que pueden paladearse en el documental Paco de Lucía. La búsqueda, dirigido por su hijo Curro Sánchez Varela a partir de un guión escrito a medias con su hermana Casilda.
                                                     
A lo largo de cuatro años, sabedor de la importancia que esas palabras tendrían para las generaciones venideras en general y para los amantes del mejor flamenco en particular, el director en ciernes le estuvo arrancando a su padre suculentos trozos de su pasado; episodios de placer y dolor que este llevaba cosidos a la cabeza y el corazón con el hilo de una memoria y un sentimiento prodigiosos. La aventura concluyó de forma abrupta, a falta de una última tanda de entrevistas, pues la muerte se presentó sin previo aviso, la muy hija de perra, y puso el punto final a una existencia consagrada a la vana pero necesaria búsqueda de la perfección en el arte.

Documental sobrio, ortodoxo, formalmente impecable, alterna reflexiones del protagonista y anécdotas de grandes figuras de la música que lo amaron casi tanto como admiraron ―su hermano Pepe, Alejandro Sanz, John McLaughlin, Chick Corea, Jorge Pardo, Carles Benavent, Rubén Blades, Carlos Santana…― con imágenes de archivo que dibujan con precisión la cronología profesional del mayor revolucionario de la guitarra flamenca de todos los tiempos, y su más celebrado embajador.

No es esta película, avisados quedan, una inmersión a pulmón libre en la historia familiar e íntima del músico. La búsqueda es, nada más y nada menos, lo que debía ser: un homenaje, hecho desde el amor y la más alta estimación pero con inobjetable rigor, a un talento colosal, extraordinario, y refleja muy bien ―dentro de las limitaciones que todo documento visual posee, pues tiene que acatar unos estándares de metraje― la personalidad perfeccionista de De Lucía, su unicidad como científico de la guitarra, y eso sólo podía hacerse desde una perspectiva estrictamente artística.

Las únicas pinceladas de su intimidad son las que retrotraen a su infancia, y sin las cuales sería imposible explicar su evolución. Comentarios sobre su padre (el guitarrista buscavidas de fuerte carácter que lo introdujo en el oficio), su madre (Lucía, de donde le viene el «apellido» para la leyenda), sus hermanos, también artistas, y los duros años de iniciación. «Yo tenía el aprendizaje dentro, antes de coger el instrumento, y eso es fundamental», afirma, evocador, en un momento de la grabación. De lo cual se desprende que, aparte de lo mucho que trabajó para llegar a ser el más dotado de su estirpe ―los flamencos son como una gran familia―, el buen guitarrista nace.




Son muchos los que piensan que De Lucía habitó desde su misma génesis en las alturas, que su modo de entender la guitarra flamenca nunca fue puesto en entredicho y gozó de consenso, cuando nada más lejos de la realidad. El guitarrista, de hecho, padeció lo que no está escrito. No sufrió por la acogida del público, porque jamás tocó para que este lo aceptara ni para ser rico ni para hacerse famoso. Sufrió porque venía de una tradición muy arraigada, de una época en la que todo era inamovible, por cojones, de un territorio gobernado por una fuerza tiránica llamada «la pureza». Él tuvo la valentía de revelarse contra eso, de transgredir los cánones en pos de nuevos sonidos y cauces que lo llevaran a otros mundos. Pues enseguida entendió que el río se le quedaba pequeño y quiso conocer el mar, y más tarde el océano inabarcable en el que navegó como nadie la mayor parte de su vida profesional.

Esa hambre de conocimiento e innovación le granjeó el rechazo de gente de su entorno y le provocó un miedo que vivió largo tiempo con él como una molesta úlcera. Hasta que un día ese miedo se convirtió en un revulsivo; en una suerte de motor que le hizo reflexionar, y entonces se dijo que no podía seguir pasándolo tan mal: «Al que le guste, bien; y al que no, que se vaya al carajo». Así, tras esa liberación, fue como descubrió que en realidad siempre tocó para sí mismo, un hallazgo decisivo.

Llegado un momento, sus más vehementes detractores acabaron concediéndole los laureles que durante años le negaron. Ya que cuando la calle y la crítica extranjera te encumbran de forma clamorosa, como fue el caso, los críticos autóctonos optan por guardar sus objeciones y pasan por el aro. También ocurrió con sus mayores, con las vacas sagradas, como el maestro de la guitarra clásica Andrés Segovia, quien llegó a decir que De Lucía no era ni flamenco ni músico, que tan sólo tenía unos «dedos listos», y terminó claudicando ante la incontestable magia de su toque.

La búsqueda nos muestra a un superdotado que no creía en la genialidad ―con la sola excepción de Camarón, a quien siempre consideró un genio absoluto― y sí en el talento acompañado de trabajo diario y de un permanente cuestionamiento de la propia valía. Porque dudaba sin desmayo; se analizaba a fondo como artista y era inclemente consigo mismo, y ese nivel de exigencia fue lo que le hizo crecer.
                          
Y esa es, justamente, la virtud más destacada del documental: no haber caído en la tentación de retratar a uno de los grandes mitos artísticos de la segunda mitad del siglo XX como a una deidad, que habría sido lo fácil y hasta lo previsible ―más aún siendo su hijo quien llevaba las riendas―, sino como a un hombre de enorme talento que, a base de estudio, estudio y más estudio, logró llevar a lo más alto una profesión que era considerada marginal. 


Distintos momentos de la época en que De Lucía pasó a formar parte de la vida artística y mediática de este país: durante una entrevista en televisión con José María Íñigo; rodeado de periodistas en una rueda de prensa; recibiendo varios discos de platino y oro por las ventas de sus trabajos. 


Tuve el privilegio de entrevistar en profundidad a Paco de Lucía en dos ocasiones, de hablar con él de los asuntos capitales de su carrera, y puedo asegurar que era alguien que relataba aspectos inauditos de su andadura vital de manera desapasionada, quitándose toda importancia y superioridad, con una humildad sin el menor rastro de pose. Una humildad que, siempre se ha dicho, es patrimonio exclusivo de los sabios. Y pese a su flagrante timidez ―«La guitarra ha sacado mi personalidad, sin ella sería introvertido», declaró en los fructíferos, para él, años setenta―, una vez que entraba en materia resultaba igual de ilustrativo que un libro abierto.

Respecto a su ideología política, y retornamos así al inicio de esta entrada, De Lucía explica en el documental el porqué de aquella afirmación sobre la supremacía de la mano izquierda que tan cara le salió: «En aquella época ―durante el franquismo y en los años inmediatamente posteriores― era obligado, si tenías un poquito de conciencia y sentido de justicia, estar en contra de aquello». No obstante, reconocía a su vez que en cuanto abandonó la pobreza jamás volvió a postular sus ideas políticas. Un ejercicio de coherencia que ya quisiera para sí el noventa por ciento de nuestra clase artística: «Yo fui de izquierdas hasta que gané los dos primeros millones de pesetas. A partir de que gané dos millones de pesetas y los guardé en el banco y no hice ni una escuela ni lo di para los niños de África ni hice nada por los demás, ya nunca más dije públicamente que era de izquierdas».     

Observar a alguien ―un carpintero, un artesano, un constructor de guitarras o de vasijas de barro― hacer bien su trabajo, con mimo, con eficacia, ajeno a la epidemia de negligencia que nos rodea, es una de las experiencias más gratas que existen. Y si encima ese alguien es un artista mayúsculo, el placer se intensifica.

Eso es lo que ocurre en La búsqueda al ver al músico oriundo de Algeciras tocar con ese sentimiento contenido que siempre lo acompañó, concentradísimo, batiéndose en duelo, a lo largo de la carrera de obstáculos que es todo concierto, con el temor a equivocarse. Y qué droga sin parangón el embriagarse de semejante poderío, maestría, dominio del instrumento. Genialidad, en suma. Qué espectáculo contemplar al cazador de belleza manteniendo esa batalla interior mientras la piel se pone de gallina y te invade una emoción que si no es la misma felicidad se le parece bastante.

Paco de Lucía, dicen, ha muerto. Sin embargo, lo ves en La búsqueda, agarrado a la tabla de salvación que era su guitarra, náufrago sólo de sí mismo, y te dices que de ninguna de las maneras. Que ahí sigue, brillante, doliente, vivísimo. Volando sin moverse del sitio y haciéndonos volar con él. Por más que siempre mantuviera ―ay, ese tímido incurable― una prudencial distancia con el resto. Más propia de un lord que de un caballero andaluz cuyo arte es universal y definitivamente eterno.







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