domingo, 5 de abril de 2020

El don de la ‘Auternidad’

Con Aute y una amiga suya en el estudio de su casa de Madrid, en 1997.

En estos días homicidas e implacables con los caídos, quienes deben cruzar la línea definitiva sin que sus íntimos puedan lanzarles in situ un último beso, ha muerto Luis Eduardo Aute, artista integral y uno de los más hondos y exquisitos escritores de canciones en lengua española de siempre.

El coronavirus, el mayor asesino en serie de nuestro tiempo, se obstina ruidosamente en que trivialicemos la muerte. En que nuestro natural asombro ante su presencia quede anulado. Porque desde que vivimos enjaulados, apartados de la propia especie por temor a contagiarnos, los partes con cientos de bajas humanas nos aplastan día y noche como en una guerra. La guerra que pensábamos nunca íbamos a librar. Sin embargo, al conocer el fallecimiento de Aute compruebo de inmediato que mi capacidad de sorpresa ante la muerte y mi arsenal de tristeza permanecen intactos.

Escribir de alguien a quien ya jamás veré y a quien durante más de una década traté de cerca, a quien entrevisté tantas veces, con quien pasé muchas horas y al que nunca dejé de admirar es hacerlo, también, de un tramo irrecuperable de mi vida.

Si cierro los ojos puedo verme sentado junto al generosísimo Eduardo en la sala de estar de su casa, o entre el desorden estupefaciente de su estudio, bebiendo y hablando de música, literatura, cine, política… aprendiendo. O cenando con él y con Maritchu, su mujer, unos improvisados huevos fritos en la cocina. O disfrutando en un camerino, tras uno de sus emocionantes conciertos, del rayo de su ironía. O escuchando de sus labios palabras sobre mí ―demasiado elogiosas para ser ciertas pero las cuales nunca dejaré de agradecerle― en la presentación de uno de mis libros, junto a un Miguel Bosé que coincidía con él por vez primera y que le confesó que «La belleza» formaba parte de la reducida colección de canciones que siempre le acompañaban.

La belleza, por supuesto. Su veintena larga de discos, sus pinturas, sus poemarios y libros misceláneos, sus cortometrajes y su titánica película de animación Un perro llamado Dolor son un homenaje mayúsculo a la belleza que el gentleman Aute buscó incansablemente en todo lugar, en cualquier cosa. Pero esos cantos a la belleza no sólo eran ejercicios de estilo propios de un esteta, sino que estaban cargados de un sólido contenido: el vértigo de la existencia. «Mi campo de acción es el ser humano, y en eso creo haber seguido siempre una línea de coherencia», me dijo. Sus obsesiones, sus demonios, fueron, pues, los absolutos que rigen nuestras vidas: el amor, la soledad, la memoria, la muerte. Y con la única excepción de su hermano Silvio Rodríguez, con quien realizó varias giras inmortalizadas en esa garantía de placer que es el disco Mano a mano, ninguno de sus colegas ha retratado la angustia y la dicha del ser humano, su tormento y su gozo, con la delicadeza y el aliento filosófico que conforman la mayoría de sus letras.

Y luego está el erotismo. La sexualidad desmelenada que palpita en toda su obra; que traspasa la canción o la pintura y te salpica. Esa omnipresente sexualidad que alcanza su clímax ―claro― en el tema «Mojándolo todo», en donde Aute consigue, por medio de una sucesión de imágenes húmedas, llameantes, que un cunnilingus cobre una dimensión épica. Aquel era su modo de evidenciar su absoluta reverencia por el sexo femenino, ese milagro. Aunque más allá de esa composición, en muchos de sus textos y dibujos ese «cáliz de polen y licor» adquiere categoría de símbolo supremo, y aun de deidad.


"Para Javier M. Flores esta pasada de peces y pubis. Con todo mi afecto y abrazo", escribió Aute en el reverso de este dibujo a lápiz que me regaló en 1999. Para él, la mujer representaba "la libido"; el pez, "lo fálico", y el agua, "el componente original de la vida".


Por fortuna, olvidarle no va a ser posible. Sólo tengo que poner una de sus deliciosas canciones ―tirando por lo bajo me salen 40 títulos imperecederos― para que la habitación se llene de él y en mi cabeza aparezca su rostro atractivo y relajado. Para que aquella voz sin asomo de vehemencia con la que realizaba alguno de sus certeros análisis y lo cuestionaba prácticamente todo, incluso sus propios juicios, haga acto de presencia.

Amante de los juegos de palabras, de los malabarismos sintácticos, a los que les dedicó más de un libro y con los que adornó muchas de sus canciones, habría sonreído con aquella sonrisa a la inglesa que gastaba si se le hubiera dicho que él no podía morir nunca porque su obra lo hace Auterno. Decididamente inmortal.


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