martes, 10 de julio de 2018

Kiss, el beso húmedo del Nueva York profundo



Historia viva del rock universal, Kiss ofreció para 12.000 rendidas personas un concierto corto pero de alta intensidad

La osada carrocería de Kiss, su estética única, le ha supuesto desde sus inicios un arma de dos filos. Para muchos, esa ha sido la razón para ingresar en su universo y jurarles lealtad eterna. A otros tantos, en cambio, el maquillaje, las plataformas, los trajes de ciencia ficción y el derroche de efectos especiales les han dado argumentos para minimizar sus virtudes puramente musicales, y ello pese a su incontestable influencia en una buena parte de las bandas de rock estadounidenses que eclosionaron en los ochenta y noventa. Para los segundos, los integrantes de Kiss no pasan de meros entretenedores. Unos tipos listísimos con una preclara visión de lo que es el show business, pero más interesados en ofrecer un espectáculo cegador y en salir pintones en las fotos que en hacer buenas canciones. Mucho ruido y poca enjundia, en fin.

Por supuesto que lo suyo es entretener, qué diablos. ¿De qué otro modo, si no, puede hacerse nadie un sitio confortable en la despiadada industria de la música? Solo que ellos son la prueba viviente de que es posible hacerlo y, de paso, elevarte el espíritu.

No voy a negar, no obstante, que en vez de mantener una línea coherente como sí ha hecho, por ejemplo, AC/DC, Kiss ha sido una veleta loca. Con Dynasty, su genuino rock duro tomó una inopinada deriva discotequera y, sin solución de continuidad, Unmasked los destapó como una formación de pop/rock con exceso de melaza. Y un par de trabajos después acabaron fatalmente abducidos por el horripilante glam metal ―desde Lick it up hasta Hot in the sade―, etapa que coincidió con su desacertada decisión de desenmascararse.

De hecho, si nos ponemos estrictos, y pese al loable esfuerzo realizado en los sucesivos Psycho Circus, Sonic Boom y Monster por retornar al sonido de sus años de gloria, los setenta, el último disco de Kiss que merece consideración es Creatures of the night, y eso significa remontarse a 1982. Sucede que de este título hacia atrás tienen tantos discos y canciones cinco estrellas que deberíamos darnos por sobradamente pagados. Y muchas de esas canciones sonaron anoche en un WiZink Center cómplice y adorador de mitos.

Ese recinto ha acogido en las últimas semanas a grupos que han ofrecido actuaciones sustentadas en sus grandes éxitos (Fito & Fitipaldis y Los Secretos, sin ir más lejos), y pareciera que Kiss no quiso ser menos que nuestro producto nacional. De ese modo, hubo aluvión de himnos de los setenta ―«Deuce», «Shout it out loud», «Firehouse», «Shock me», «Flaming youth», «Calling Dr. Love», «God of Thunder», «I was made for lovin’ you», «Love Gun», «Black Diamond», «Detroit Rock City»―, apenas tres de los ochenta ―«War machine», «I love it loud», «Lick it up»― y un único tema del presente siglo, «Say yeah!».

¿Y qué esperaban? Como cada vez que Kiss arriba a España, el público que acudió al antiguo Palacio de los Deportes estaba sediento de clásicos y quería ver a sus (super)héroes en acción y que estos, a ser posible, no se saliesen un centímetro de lo que se espera de ellos. Y no lo hicieron, lo que equivale a decir que no defraudaron. Entre otros motivos, porque Kiss jamás defrauda en vivo. Es decir, en la arena del Coliseo, en donde son capaces de seducir hasta a sus detractores más furibundos.

Paul Stanley y Gene Simmons, miembros fundadores y las caras más visibles del grupo desde su génesis, más Tommy Thayer y Eric Singer, sustitutos, respectivamente, de los inolvidables Ace Frehley y Peter Criss/Eric Carr, mezclaron nostalgia sin asomo de tristeza (sí, es posible) y, sobre todo, poderío escénico. Fue un concierto puramente rock, sin mariconadas (salvo las interpretadas por el macho Stanley) y con un único objetivo: que la gente ―señoras, caballeros y niños― levitase. Ya lo advirtió Paul: «Esta noche es la noche». Y vaya si lo fue.  



Pese a que les queda bien poco para entrar en el club de los septuagenarios que dedicándose a una profesión de máximo riesgo, como es el rock de altos vuelos, viven para contarlo, nadie puede discutir que el bello Stanley y la bestia Simmons se mantienen en forma. No hay más que ver de qué manera hacen del rock/espectáculo una de las bellas artes. 

En el concierto de anoche hubo cosas que no por previsibles fueron menos paladeables: la sangre que manó de la boca de Simmons (quien se elevó varios metros del suelo como el demonio de Jeepers Creepers), las emisiones de fuego de la guitarra de Thayer (herencia Frehley), la ascensión a los cielos de Singer (batería incluida) y el vuelo, al más puro estilo Batman, de Stanley, protagonista absoluto de la velada. Este chapurreó español en un gesto que evidenció cariño y respeto por el país anfitrión, y pronunció tantas veces la palabra Madrid que casi pareció que se tratara de su amante.

El Nueva York de los setenta, en el que Kiss se doctoró en rock and roll con sobresaliente cum laude, era un territorio decadente y peligrosísimo, devorado por la criminalidad y el desencanto vital, pero millonario en ideas y audacia. Y anoche, por momentos, la sucesión de riffs contagiosos nos hicieron viajar a ese lugar. A una época en la que nunca salía el sol y todo estaba por rehacerse, y en la que el grupo de las caras pintadas ofreció la mejor foto de sí mismo.

El sueño americano, ese ochomil, ese materializar lo imposible, son cuatro muchachos pobres como las ratas por cuyas venas corre rock and roll etiqueta negra. Cuatro muchachos que en una metrópoli inclemente en la que sin embargo había que estar para triunfar o morir en el intento, no dudaron en ponerse pintura de guerra, cargar sus instrumentos y salir de sus trincheras en pos de la gloria eterna.

Dos de esos muchachos, hoy a punto de adentrarse en la setentena, se despidieron anoche de Madrid con su himno supremo, «Rock and roll all nite», que hacia el final fue un oxímoron de libro: una lluvia de confeti sobre géiseres de fuego (es decir, nieve que quema), mientras Simmons, Thayer y Singer eran elevados y Stanley asesinaba a su guitarra estrellándola contra el suelo.

Aunque el concierto solo duró hora y media debido a que diversos fallos de la organización retrasaron su inicio treinta minutos (tras la actuación de los poderosos Megadeth), la gente se marchó a su casa o a seguir la fiesta con la sensación de que Superman había salvado a la humanidad y de que el ayer es perfectamente recuperable. Siempre y cuando, claro, quien te lo muestra lo haga de forma convincente. Y Kiss lo hizo. 


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