(Obituario
publicado en el diario El Mundo el 30
de diciembre de 2015)
No
es cierto que el rock y la mala vida vayan ineludiblemente de la mano. Hay, de
hecho, notables ejemplos de iconos de ese estilo musical ―con su satánica
majestad Mick Jagger a la cabeza― que, pese a su corsario pasado, hoy son
pulcros hombres de negocios que se declaran adictos al agua mineral, el pilates
y los desfiles de alta costura.
Por
fortuna, siempre hubo clases. Y la marcha hacia el infierno de Lemmy Kilmister,
fundador, cantante, bajista, compositor y líder de Motörhead, nos ha recordado
que hubo un tiempo en el que era posible desafiar a la muerte a las cartas y
ganarle incontables manos. Por más que, al final, ella, la muy (la más) puta,
se termine haciendo con todo el botín.
Setenta
años apurados hasta la náusea median entre la fecha del nacimiento de Lemmy
(Burslem, Stoke-on-Trent, Staffordshire, Reino Unido, 1945) y la de su
fallecimiento el pasado 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. En ese
trayecto pudo presumir de haber hecho siempre lo que su insaciable cuerpo le
pedía, ya fuera en materia sexual (tuvo múltiples amantes y parejas) como, por
supuesto, en lo concerniente al consumo sin freno de alcohol (Jack Daniel’s,
gracias) y drogas de alto voltaje, con el speed
y la cocaína en el altar de sus preferencias.
Tras
pasar por distintas formaciones menores en los sesenta, se incorporó, iniciada
ya la siguiente década, al grupo de rock espacial ―nacido de la unión de la
música progresiva y el rock psicodélico― Hawkwind, que consiguió algunos
éxitos. Lo abandonó en 1975 para crear Bastard, germen de lo que poco después
sería Motörhead, una de las bandas británicas de heavy metal más populares de todos los tiempos. Junto al
guitarrista Eddie Fast Clarke y el
recientemente fallecido Phil Taylor a la batería, Lemmy alumbró, entre 1979 y
1982, sus mejores discos: Overkill,
Bomber, Ace of Spades e Iron Fist,
así como el celebérrimo álbum de directo No
Sleep ‘til Hammersmith, que se aupó al número uno de las listas de su país.
Todo un triunfo si tenemos en cuenta que las canciones que lo integran son
hijas del trueno.
La
voz de Lemmy, cavernosa y personalísima, como de ogro de cuento, le ayudó a
distanciarse de la medianía, ya que como bajista no pasó de eficaz. Aunque su
distinción residía en su gran potencia: su Rickenbacker ―un guiño clásico a sus
venerados Beatles, culpables en buena medida de su dedicación a la música―
escupía el mismo fuego que su alma. Y ello pese a utilizar púa, algo no
demasiado bien visto entre los puristas.
En
la forja de su imagen artística influyó de igual modo su pinta, temible, con
aquella uve doble que formaba la línea continua de sus patillas y bigote, sus
dos notorias verrugas faciales y aquel look
de malo de película del Oeste, siempre tocado con sombreros con motivos que
iban desde la Guerra Civil estadounidense al nazismo. Aquellas veleidades
estéticas motivaron que en 2008 la Fiscalía de la ciudad alemana de Aurich
abriera una investigación contra él por presunta propaganda nazi. Un periódico
local publicó un reportaje sobre un festival de rock que se iba a celebrar
allí, y en las fotos Lemmy lucía una gorra de plato de las SS. El músico se
limitó a declarar: «Es un uniforme jodidamente brillante; eran las estrellas de
rock de esos tiempos. ¿Soy nazi porque tengo uniformes?».
Pero
el aspecto más reseñable de su andadura es su pertenencia a una estirpe dorada
de apóstoles de la mala vida, auténticos salvajes de la autopista del rock, en
la que se incluyen sus prácticamente coetáneos, y aún vivitos y coleando, Keith
Richards y Ozzy Osbourne, de quien fue íntimo amigo.
A
diferencia de Hendrix ―para quien trabajó como roadie o pipa en su
juventud―, Joplin, Morrison, Vicious, Bon Scott o John Bonham, con los que compartió
la afición por la existencia al límite, Lemmy demostró poseer una resistencia,
tanto física como psicológica, sobrehumana.
En
su autobiografía, publicada en 2002 y titulada con un explícito White Line Fever (fiebre de la raya
blanca), no se cortó a la hora de detallar sus extraordinarias experiencias
estupefacientes.
«Nuestro noble amigo Lemmy
falleció hoy después de una corta batalla contra un cáncer extremadamente
agresivo», reza el comunicado divulgado a través de Facebook por sus viudos
musicales, a los que la muerte del emblema del grupo los ha jubilado antes de
tiempo. El batería, un afligido Mikkey Dee, se ha mostrado taxativo al declarar
que con él ha muerto Motörhead.
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