martes, 17 de febrero de 2015

El prodigio de la contención

El actor Javier Gutiérrez, flamante Goya al mejor actor protagonista por su trabajo en La isla mínima.

Durante años, quizá demasiados, el cine español ha arrastrado una patología severa, la cual propiciaba que películas con un buen guión y una solvente mano tras la cámara no consiguiesen transmitir al espectador lo que en cambio sí lograba el texto en el que estaban basadas, por lo general una novela. Sobreactuación es el nombre de ese mal, y como digo ha arruinado trabajos que podrían haber conocido muy distinta suerte.

Cuando eso ocurría, era inevitable mirar al cine estadounidense, o incluso al francés de los últimos tiempos, tan sólido y eficaz, y decirse: joder, qué buenos son, qué naturalidad tienen los tíos. Parece que no actúan, que son así.

A lo largo de esta última década, sin embargo, gracias a cineastas con las ideas muy claras y el talento suficiente para ponerlas en práctica, y a actores con ganas de seguir aprendiendo, hemos dado, si no con la vacuna definitiva, con algunos remedios con los que atajar esa enfermedad. Me viene a la cabeza el José Coronado de La caja 507 y de No habrá paz para los malvados, ambas dirigidas por Enrique Urbizu. En ellas, el actor madrileño encontró, al fin, algo que venía resistiéndosele desde el comienzo de su carrera: la contención. Y el resultado no es otro que la verosimilitud, esa piedra filosofal que tantas veces se echa a faltar en el séptimo arte. En la ya citada La caja 507, Antonio Resines también dio en ese clavo. 

El último caso de esa bendita contención que he detectado en nuestro cine es el de La isla mínima, de Alberto Rodríguez, la incontestable triunfadora de la pasada edición de los Premios Anuales de la Academia (con 10 galardones, es la tercera película, junto con Blancanieves, más premiada en la historia de los Goya). Nos hallamos ante un trabajo sobrio, bien llevado, de trazo hiperrealista. Un trabajo que si logra un pleno es, en buena medida, gracias a las concisas interpretaciones de sus dos protagonistas, Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, quienes dan vida a un par de polis de Madrid que son enviados a la Andalucía profunda de 1980 ―la acción se desarrolla en un pueblo de la periferia sevillana― para resolver la desaparición de dos hermanas adolescentes.

La sordidez está presente durante toda la cinta, y el caciquismo, la brutalidad y la miseria de la España rural y semianalfabeta de aquella época, en la que los modos del franquismo seguían estando dolorosamente vivos ―tan sólo habían transcurrido cinco años desde la muerte del dictador―, son los hilos con los que se teje la trama, que engancha de principio a fin.

Arévalo y Gutiérrez son dos maderos radicalmente opuestos. El primero es un policía de los nuevos tiempos; un hombre que detesta a los «fachas» y que alberga el propósito de medrar en el cuerpo. Por el contrario, el segundo es un tipo de colmillo retorcido y métodos feroces, ya de vuelta, sin ninguna expectativa de futuro y con un terrible pasado. Ambos simbolizan una doble metáfora: la de la incipiente España democrática, en la que los derechos humanos y civiles empezaban a ser una feliz realidad, y la de la España represiva, en donde un hombre en manos de los agentes de la ley se sentía igual que un habitante de la Edad Media ante el Tribunal de la Santa Inquisición. 

El actor asturiano (JG) y el madrileño (RA) ofrecen una clase magistral de interpretación, ya que están impecables, casi perfectos, en la piel de dos tipos duros que tienen que esclarecer cuanto antes el caso que se les ha encomendado, más complejo y siniestro de lo que imaginaban, y en el que se acaban enredando hasta las trancas. Físicamente, además, bordan el aspecto estándar del españolito de los setenta: bigotazo y americana. Y muy mala hostia. Bromas, las justas.

Gutiérrez, un popular actor televisivo que hasta ahora había acometido sobre todo papeles cómicos, se alzó con el Goya al mejor actor protagonista por ese trabajo. En su discurso de agradecimiento dijo de su compañero de reparto, también candidato en esa categoría, que era «el actor con más presente y futuro de este país». No sé yo si Arévalo es el más destacado y prometedor de nuestros jóvenes actores, pero sí está en el selecto grupo de cabeza. Seguro.

Ambos intérpretes han hecho de La isla mínima una obra máxima, pues han engrandecido una película que contaba de por sí con muchos alicientes para cosechar un gran éxito de crítica y público. Y todo por su capacidad para dosificarse, para medirse. Para transmitir emociones desde la quietud y la economía de medios y no desde el histrionismo, ese tic marcadamente español.

Contención, he ahí la clave. He ahí la poción mágica para no malograr una película y hacer de ella mucho más que un mero vehículo de entretenimiento.

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