martes, 18 de noviembre de 2014

U2 o aquella noche en la que fuimos tan jóvenes



Estalla en la atmósfera «With or without you» y el estadio entero ―100.000 personas― ruge como una garganta única. Bono ha entrado en trance. El bramido de la multitud y su total reverencia lo han atravesado igual que un rayo. Parece un Cristo de videoclip, un iluminado: los brazos extendidos, la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, meciéndose apenas. Es presa de un arrebato colectivo que, en pleno éxtasis, quizá acierta a intuir histórico.

Han pasado sólo 27 años desde aquello. Yo estuve allí. Fue en Madrid, en el Santiago Bernabéu, y el cartel no es ya que fuera un lujo, era un exceso: UB40, The Pretenders y U2.

Para alguien que acababa de estrenar la mayoría de edad, como era mi caso, aquel espectáculo tuvo mucho de experiencia religiosa. Tras los sabrosos entrantes ―los ocho de Birmingham cumplieron y Chrissie Hynde y sus muchachos dieron una clase magistral de puro rocanrol―, U2, la banda del momento, los Stones de los que éramos aún niños cuando los Stones eran el Grupo, tomaron ese recinto sagrado con voluntad de toreros y nos brindaron una faena imposible de olvidar. Y eso que mantener la vista puesta en el escenario no resultaba fácil, pues lo que sucedía alrededor era fascinante: sólo acertabas a distinguir brazos en alto, y de fondo ese grito unánime y constante, conmovedor. La contramúsica inequívoca del delirio.

No, no hay magnificación alguna. Fue una noche mágica, desmelenada, celebrante. Bono, de hecho, ha calificado ese concierto, el primero que ofrecían en nuestro país, como uno de los más importantes de su carrera, y en su biografía afirma que era el más multitudinario que habían dado en solitario hasta ese día.

Nativos de Irlanda, tierra de gente ruda, que rebosa fiereza, fliparon en colores con la furia española. Nunca, confesó el archifamoso vocalista, vieron nada similar. «¿Por qué no hemos venido aquí antes?», se preguntaba ante el regocijo general. Incluso Informe Semanal les dedicó uno de sus codiciados reportajes, pocos días después de la gesta/fiesta.   



Entrada del primer concierto de U2 en España (Madrid, 15 de julio de 1987).


Tan sólo un año antes, «Sunday bloody sunday» y «New year’s day», dos himnos incluidos en War, su tercer disco, sonaban en todos los bares de copas de Madrid, y entiendo que del resto de España. Así es como la «udosmanía» fue cobrando cuerpo aquí hasta derivar en una armada tan numerosa como leal.

Leal, sí. A pesar de que ellos ―The Edge, Larry Mullen Jr., Adam Clayton y, sobre todo, Bono― no sean ya los de entonces. Ni por asomo.

Si dejamos a un lado a los tres músicos que permanecen instalados en un cómodo segundo plano y nos centramos en la enseña, Bono, es obvio que su imagen pública ha mutado de forma considerable desde que se convirtió en una suerte de mesías de diseño; un neorredentor que aspira a salvar a un mundo loco, necesitado de la ayuda de un Superman que no vuela pero cuyo brazo es muy largo: los mandatarios más importantes del mundo lo han recibido en sus residencias oficiales y han atendido sus peticiones en favor de miles de seres humanos hambrientos o enfermos. Sería difícil precisar cuántas vidas ha salvado con sus acciones solidarias y cuántas otras ha contribuido a mejorar, algo que nunca le agradeceremos, me temo, lo suficiente. Al César, lo que le corresponde.

Ahora bien, pese a esa loable labor humanitaria son ya legión los que le recriminan su distanciamiento con el músico de raza que fue. Con ese chico atolondrado que aterrizó en Madrid aquel verano de 1987, melena y sombrero de cowboy, y para el que no existía otro modo de cambiar el mundo que a golpe de buenas, buenísimas canciones. Ese hombre con atributos de hombre y no la prima donna actual, menos persona que marca.  

El lanzamiento de su último disco, Songs of innocence, que osaron «regalar» a los usuarios de la tienda de música digital de Apple, quienes se lo encontraron en sus bibliotecas como por arte de magia, hizo que más de 500 millones de personas pudieran acceder a él. Un escaparate que todo artista querría para sí, y que únicamente podría ser superado por el anuncio de la tercera guerra mundial.

No se trató de un acto de filantropía, en absoluto: ellos lo cobraron, y muy bien además, y a cambio el consejero delegado de esa multinacional presentó, arropado por los cuatro músicos, el iPhone 6 como si fuese una nave capaz de viajar en el tiempo. Es decir: «Do ut des» (doy para que me des). Esa estrategia de ficticia generosidad no fue, por raro que parezca, del agrado de todos, ya que muchos de los clientes de la empresa de la manzana mordida se quejaron de que se había producido una clara intromisión en su privacidad. Bono y Cía. han ofrecido distintas explicaciones para justificar aquel exceso de confianza, aunque todas pueden resumirse con un simple «lo sentimos mazo, chicos, pero ahí queda eso». Vamos, que les quiten lo bailado.

En una reciente entrevista para un diario español, aseguraron que como grupo no aspiran a la pervivencia sino a la eternidad. ¿Grandilocuentes? Bueno, ellos pueden permitírselo. Y el mensaje es nítido: nada de vivir de las rentas de lo ya hecho, de ninguna de las maneras. Hay que continuar en el tajo y sentirse todavía músicos. Como cuando eran (cuando éramos) jóvenes.

En un momento en el que ya lo han conseguido todo y mucho más, anhelan sin embargo ese Santo Grial que consiste en seguir emocionándose con aquello que llevan haciendo desde hace cerca de 40 años. Algo así como continuar enamoradísimo de la mujer con la que has pasado toda tu vida. Difícil, sí, pero no imposible. Llámese pasión desmedida por tu trabajo, búsqueda de la canción perfecta, vocación a prueba del paso del tiempo.

La misma que mostraron en aquel concierto de casi tres décadas atrás, en el que hubo mucho de místico, de religioso, sí. Y no me refiero a la religiosidad de esos católicos practicantes confesos que son los integrantes de U2: hablo del ambiente de liturgia, de revelación, de comunión que vivimos quienes tuvimos la suerte de estar allí esa noche.

Tan jóvenes. Tan hermanados. Tan dichosos.  

 


 





1 comentario:

  1. También estuve allí,aquel ya lejano 15-7-'87. Cómo cambian las apreciaciones a través del tiempo. De la juventud a la madurez, de "Where the streets have no name" (apertura) a..., no recuerdo el bis final. Lo no antes vivido.
    Hoy, Bono etiquetado como "neoliberocapitalista" desde la lucidez que alguien expresa sin exabruptos, el "mesías"
    no es más que un tramposo.
    Siempre nos quedará Chrissie Hynde.

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